Bogotanitos - CuentaCuentos
El Soldadito de plomo
LA LEYENDA DE DRALIÓN
Elizabeth Segoviano, escritora mexicana de cuentos y poesías infantiles
Nada es eterno, sólo el tiempo … aunque … a
veces, sólo a veces, hay actos que lo sobreviven todo y se convierten
en leyendas; y ésta es una de esas pocas hazañas que ha vencido
la eternidad … la leyenda de Dralión.
Más allá, donde se duerme el sol… Oculto entre mundos que sólo podemos imaginar, nació hace mucho, muchísimo tiempo, un dragón colosal, de duras escamas doradas y ojos tan azules como el cielo más azul que puedas recordar, su voz era profunda y dulce, apacible y capaz de calmar las tormentas, ventiscas y el enfurecido oleaje del mar.
Dralión solía pasar días enteros recorriendo las galaxias, admirando la belleza de las estrellas, nombrándolas y hablando con cada una de ellas para saber sus historias … ¿De dónde venían? ¿Cuál era su propósito? ¿Cuáles eran sus sueños? … ¿Qué había en lo más profundo del corazón de una estrella?…
Así, día a día, noche a noche, y de estrella en estrella, el buen Dralión fue convirtiéndose en el guardián de los secretos más profundos y sagrados de todas las estrellas, él sabía muy bien, por qué y para qué y a dónde se dirigían las estrellas, por qué, para qué y por quién habían sido creadas (pero ésa es otra historia) y como guardián, y como dragón, juró protegerlas hasta el fin de los tiempos.
Pero sucedió que un día en su recorrido habitual, el colosal dragón notó que una de las estrellas más hermosas y gigantescas llamado Sol estaba profundamente triste, se quedó en silencio, con la mirada perdida en el horizonte, y de a poco, su luz comenzaba a opacarse, Dralión sabía que algo muy grande e importante estaba ocurriendo, (aunque … incluso las cosas más pequeñas son enormes en la vida de una estrella) y muy lentamente el dragón comenzó a acercarse, porque, contrario a lo que se pueda pensar, las estrellas pueden ser muy tímidas y reservadas.
Al principio el guardián sólo se sentaba en una de ésas rocas flotantes en silencio, después se sentó más cerca … y más cerca … y más cerca mientras el Sol lo miraba con curiosidad, y así pasaban mucho tiempo, en silencio uno al lado del otro … se diría que Dralión escuchaba el silencio del Sol … sí, porque incluso en silencio uno puede decir muchas cosas.
Fue así que el dragón guardián notó que el Sol se iluminaba y su fuego crecía cada vez que se levantaba en el horizonte una gran roca blanca que era el satélite de un planeta llamado Tierra, se llamaba Luna, y ella se sonrojaba tanto que brillaba aún más, pero entonces el Sol se ponía triste, bajaba la mirada y suspiraba … ¡el Sol estaba enamorado de la Luna!
- Amigo Sol –decía Dralión– tu corazón suspira por ésa Luna, y deberías ir con ella. - No puedo … - ¿Porqué no? todas las estrellas viajan, todas se unen a otras estrellas … - ¿Ves aquel planeta allá a lo lejos? ¿aquel que es azul? - ¿Qué hay con él? - En ése lugar hay mucha vida, y toda es hermosa, y frágil, muy frágil, si yo me fuera, ellos no podrían existir, todo ahí me necesita … y yo los necesito también, los he visto crecer, conozco cada historia, cada criatura grande, pequeña o microscópica, cada hoja y cada flor … igual que tú conoces todas las estrellas, así como tú nos amas y nos brindas tu protección, así también los quiero yo, y la Luna también es su guardiana, ella conoce todos sus sueños, ella puede calmar todos sus miedos; son criaturas únicas las que habitan ése lugar, los humanos se creen muy fuertes, pero la verdad es que no les gusta estar solos, ni les gusta la oscuridad, son tan felices cuando me acerco y los abrazo y los calmo, y les digo que yo, desde lo alto siempre estoy a su lado … no podría jamás dejarlos Dralión, son mis protegidos.
Entonces el inmenso dragón se retiró, se fue volando hacia la Tierra y la recorrió toda, admirando su cambiante belleza y mirando cuidadosamente a todas las personas, y entonces lo vio, aquellos seres de comportamiento un tanto excéntrico eran como girasoles, toda su vida y sueños giraban en torno al calor y la luz que les daba el Sol, pero no sólo eso, en sus ojos y en sus sonrisas había ése mismo resplandor que tenían la Luna y el Sol, así Dralión se fue al pico de una altísima montaña y comenzó a entonar un canto : “ por el agua, sobre el cielo y más allá del mar, entre estrellas, sobre el tiempo y sin dudar, que se abran los portales, que se den las señales, un minuto, un suspiro y nada más, una vida y un sueño hecho realidad; por el poder de mi voz, por la fuerza de mi alma, por todos los secretos de los que soy portador, le pido al universo que de tiempo en tiempo la Luna y el Sol puedan vivir su amor”.
Justo después de entonar aquellas palabras ¡algo increíble ocurrió! El medio día se oscureció y La luna apareció majestuosa sobre el cielo cubriendo al Sol con un abrazo que sólo dejaba ver su brillante silueta; así, juntos, como siempre habían querido estarlo, para contarse sus secretos, para besar sus mejillas, para ser uno sobre el cielo de aquel azul planeta que llamaban hogar, el milagroso encuentro sólo podía durar unos cuantos segundos, pero incluso un segundo basta y es más que suficiente cuando se puede convertir un sueño en realidad.
Esta es pues la leyenda de Dralión, el dragón que ocasionalmente se convierte en una especie de cupido cuando sucede el asombroso milagro que nosotros, simples humanos de comportamiento un tanto extraño, llamamos “eclipse” … pero ahora ya saben que es lo que realmente significa, así que la próxima vez que sonrían no olviden que llevamos el brillo de nuestros hermosos guardianes, porque estamos hechos de Luna y de Sol.
UN HALLOWEEN DIFERENTE
EL CUENTO DE PINOCHO
Autor: Carlo Collodi
BAILA, BAILA MUÑEQUITA
Autor: Hans Christian Andersen
LA PEQUEÑA LUCIERNAGA
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LA BODA DE LOS RATONES
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EL DÍA DE TU SANTO
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LOS DOS SABIOS
Autor: Pedro Calderón de la Barca
LA GALLINA Y EL CERDO
Autor: Rafael Pombo
EL CUERVO Y EL ZORRO
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LA MARIPOSA
Autor: Hans Christian Andersen
LA VACA NICOLASA
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EL CONEJITO BURLÓN
Autor: L.A.V.M
EL GIGANTE EGOISTA
EL NIÑO QUE LO QUIERE TODO
EL FELICÍMETRO Y OTROS CUENTOS
NACIMIENTO DEL NIÑO JESÚS
LA MEJOR ELECCIÓN
Autor: Pedro Pablo Sacristán
UNA MAÑANA DE NAVIDAD
AURA Y LA NAVIDAD
Autor: Dolores Espinosa
OSETE Y OSITO: SU PRIMERA NAVIDAD
LAS HORMIGAS BONDADOSAS EN NAVIDAD
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EL PRIMER REGALO DE LA NAVIDAD
EL AÑO EN QUE MAMÁ NOEL REPARTIÓ LOS REGALOS DE NAVIDAD
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EL CUARTO REY MAGO
Autor: D.R.A
EL SOLDADITO DE PLOMO
Autor: Hans Christian Andersen
LA RANA LUCY Y EL GRILLO GUILLERMO
Autor: D.R.A
EL COCINERO DE NOCHEBUENA
Autor: Frai Betto
CUENTO DE NAVIDAD
Autor: Frai Betto
UN VIAJE INCREÍBLE
Autor: D.R.A
UNA NAVIDAD EN EL BOSQUE
Autor: D.R.A
EL RATÓN ENRIQUETO
Autor: D.R.A
UN ÁRBOL DISTINTO
Autor: D.R.A
DÍEZ Y TE VEO
Autor: D.R.A
BAILARINA
Autor: D.R.A
EL LIBRO DE SUMAR
Autor: D.R.A
UNA ESTRELLA FUGAZ EN EL CIELO
Autor: Giuliana Gaona
EL BOSQUE DE LOS LAMENTOS
Autor: Pedro Pablo Sacristán
EL NIÑO DE AZÚCAR
Autor: Leonardo de Mello
EL ABUELO, EL NIETO Y EL BURRO
Autor: Francisco J. Briz Hidalgo
UN HADA CAPRICHOSA
DETRÁS DE LA MONTAÑA
Autor: Mónica Esparza Patiño
EL NIÑO TRAVIESO
Autor: Hans Christian Andersen
EL REGALO MÁGICO DEL CONEJITO POBRE
Autor: José Pablo Sacristán
EL PEQUEÑO BOSQUE JUNTO AL MAR
Autor: Pedro Pablo Sacristán
EL DRAGÓN NUBE
Autor: Pedro Pablo Sacristán
LAS VACACIONES DE LA LUNA
Autor: D.R.A
CUENTOS VARIOS
Autor: Jairo Aníbal Niño
LA BRUJA EMBRUJADA
Autor: Inés de Cuevas
LA VIEJECITA TITIRITAÑA
Autor: Inés de Cuevas
DOÑA MARÍA CASTAÑAS
Autor: Inés de Cuevas
MI AMIGA CARACOLA
Autor: Rosa Pereiro
PIEL DE OSO
Autor: anónimo
RATONCITO PÉREZ
Autor: Luis Coloma
TRES CERDITOS
Autor: anónimo
MARIPOSA BELLA
Autor: anónimo
LA MISIÓN DEL COLIBRÍ (LEYENDA PERUANA)
Recopilación: Enrique Melantoni
SIMON EL BOBITO
Autor: Rafael Pombo
LAS DOS CHELITAS
Autor: Julio Garmendia
EL SUEÑO DE KAREN
Autor: Sandra Mancera
Karen era una niña muy soñadora, le gustaba imaginarse que estaba sentada sobre la luna, y que a su lado pasaban cientos de estrellas, y que en cada estrella viajaba un hada que les concedía deseo a todos los niños que creían en ellas. Vivía con sus abuelitos por que su madre se tuvo que ir a trabajar lejos para poder darle de comer a ella y a sus abuelitos. Una noche, salió a jugar al jardín de su casa, cuando de pronto se encontró con una escalera muy alta, y ella sintió curiosidad de saber hasta dónde llegaba, y empezó a subir y subir y cuando se dio cuenta había llegado a la luna.
Ella no lo podía creer, siempre lo había soñado pero nunca pensó que le pudiera suceder. De pronto de la nada, vio venir una lluvia de estrellas, era algo tan hermoso que ella estaba muy feliz. Todo brillaba a su alrededor, era una gran fiesta de luces. En cada estrella había un hada del tamaño del dedo meñique, eran hermosas de cabellos dorados y ojos grises. Una estrella se detuvo frente a ella y un hada se le subió al hombro derecho y le dijo:
-Hola Karen -¿Cómo sabes mi nombre? Dijo Karen. -Las hadas lo sabemos todo, y como tú eres una niña buena quisimos cumplirte el deseo de estar en la luna, y ver las estrellas. Ahora cierra los ojos y pide un deseo.
La niña cerró los ojos, y cuando los abrió se dio cuenta que estaba en su cama. Todo había sido un hermoso sueño. ¡Pero que linda sorpresa! Cuando se asomó por la ventana vio la silueta de una mujer. Era su madre que había regresado. La niña corrió a abrazarla, y por la noche cuando se disponía a dormir cerró sus ojitos y le dio gracias a las hadas por haberle traído a su mamita y siguió tan soñadora como siempre.
EL CIEMPIES BAILARIN
Autor: Marisa Moreno
Jimmy el ciempiés, vivía cerca de un hormiguero.
Su gran afición era bailar. Tenía unas patitas ágiles como las plumas.
Le encantaba subirse encima del hormiguero y empezar a taconear.
Jimmy cantaba: ¡Ya está aquí, el mejor, el más grande bailaor!.
Era muy molesto oír tantos pies, retumbando y retumbando sobre el techo del hormiguero.
Las hormigas asustadas salían para ver lo que ocurría.
El ciempiés seguía cantando: ¡Ya está aquí, el mejor, el más grande bailaor!.
¡Otra vez Jimmy!. decía: la hormiga jefe.
¡No podemos trabajar, ni dormir!.
¡No puedes irte a otro sitio a bailar!.
La hormiga jefe ordenó a su tropa de hormigas que llevaran a Jimmy a otro lugar.
¡No, hormiga jefe!.
¡Ya me voy!. Dijo Jimmy.
Jimmy se acercó a la casa del señor topo.
Se puso al lado de la topera y vuelta a taconear.
Seguía con su canción: ¡Ya está aquí, el mejor, el más grande bailaor!.
El señor topo enfadado, salió y le dijo: ¡Jimmy, estoy ciego pero no sordo!.
¿No puedes ir a otro sitio a bailar?.
Jimmy estaba un poco triste, porque en todas partes molestaba.
Cogió sus maletas y se marchó de allí.
Empezó a caminar y caminar, hasta que estaba tan cansado que no tuvo más remedio que descansar.
Se quedó dormido bajo un árbol.
Cuando despertó al día siguiente, estaba en un campo lleno de flores.
¡Este será mi nuevo hogar! : dijo el ciempiés.
Tanto se entusiasmo Jimmy, que no se dio cuenta que un gran cuervo estaba justo encima de él, en el árbol.
Jimmy se puso a taconear con tanta alegría que llamó la atención del cuervo.
El cuervo inclinó el cuello y vió a Jimmy taconeando.
¡Pobre Jimmy!.
El pájaro se lanzó sobre él, con gran rapidez.
Abrió su bocaza y cogió al ciempiés.
El ciempiés gritaba: ¡Socorro, socorro!.
Un cazador, que andaba por allí, observo, al cuervo volando.
No le gustaban mucho los cuervos, pues él creía que le daban mala suerte.
Hizo un disparo al aire para asustarlo. El cuervo soltó al ciempiés.
Al caer, el ciempiés se dio un gran batacazo.
Esto le sirvió de lección. Aprendió a ser más responsable y fijarse bien dónde se ponía a bailar.
Buscó un lugar seguro y allí danzaba y bailaba.
No molestaba a nadie ni a él, le molestaban.
Así fue como el ciempiés empezó a ser respetado por todos.
GOTITA DE AGUA
Autora: Carmen Norma
Este era un pobre campesino cuya única riqueza consistía en un pequeño campo sembrado de maíz. Trabajaba todo el día en él, arrancando la hierba y enderezando las matas.
El campesino estaba triste porque, por falta de agua, las milpas estaban marchitas y temía que se secaran. Un día, mientras veía el cielo con tristeza, desde una buena nube dos gotas de agua lo miraron y una de ellas le dijo a la otra:
-El campesino está muy triste porque sus milpas se mueren de sed. Quiero hacerle algún bien.
-Sí - contestó la otra-, pero piensa que eres sólo una gota y no conseguirás humedecer siquiera una mata de maíz.
-Bien -replicó la primera-, aun cuando soy pequeña haré lo que pueda.
Y al decirlo se desprendió de la nube. Aún no había llegado a la tierra, cuando otra gotita dijo:
-Yo iré también.
-Y yo, y yo - gritaron muchas gotas.
A poco, miles de gotitas caían sobre las plantas en ruidoso aguacero. Las milpas, agradecidas, se enderezaron enseguida y el campesino obtuvo una cosecha abundante de maíz. Todo porque una pequeña gota de agua se decidió a hacerlo lo que podía.
DICEN QUE ASÍ NACIÓ EL COCODRILO
Autora: Armida de la Vara
En medio de la selva estaba tirado en tronco de cocotero. Hacía varios días que el huracán lo había tirado y así permanecía, temeroso de que vinieran los hombres con sus hachas a hacerlo pedacitos.Una mañana calurosa, se oyeron pisadas sobre la hojarasca. El tronco tembló de miedo, y tan grande fue su temblor que empezó a rodar hasta llegar a un pantano que estaba cerca y pensó: "¡Qué bueno! Aquí puedo esconderme sin que los hombres me descubran".
Se acomodó entre el agua fangosa. Sólo cuando las pisadas de los hombres se alejaron, el tronco se atrevió a mirar para afuera.
Estaba tan bien ahí en lo húmedo, y hacía tanto calor en la selva, que decidió quedarse adentro un poco de tiempo. Y empezó a ponerse verdoso. La lama del agua iba quedándose entre sus escamas de árbol. Más tarde se dio cuenta de que iban naciéndole cuatro retoños, dos a cada lado del cuerpo.
-¡Qué bueno!- pensó-, ¡Creo que me estoy convirtiendo en animal! Buscaré un nombre que recuerde mi origen. Me llamaré "cocodrilo".
EL LEÓN, LA ZORRA Y EL LOBO
Autor: Esopo
Aprovechando la ocasión de la visita, acusó el lobo a la zorra expresando lo siguiente: Ella no tiene por nuestra alteza ningún respeto, y por eso ni siquiera se ha acercado a saludar o preguntar por su salud.
En ese preciso instante llegó la zorra, justo a tiempo para oír lo dicho por el lobo. Entonces el león, furioso al verla, lanzó un feroz grito contra la zorra; pero ella, pidió la palabra para justificarse, y dijo: Dime, de entre todas las visitas que aquí tenéis, ¿quién te ha dado tan especial servicio como el que he hecho yo, que busqué por todas partes médicos que con su sabiduría te recetaran un remedio ideal para curarte, encontrándolo por fin?
¿Y cuál es ese remedio?, dímelo inmediatamente. Ordenó el león: ¡Debes sacrificar a un lobo y ponerte su piel como abrigo! respondió la zorra.
Inmediatamente el lobo fue condenado a muerte, y la zorra, riéndose exclamó: Al patrón no hay que llevarlo hacia el rencor, sino hacia la benevolencia.
Quien tiende trampas para los inocentes, es el primero en caer en ellas.
LA LLUVIA
Autora: Amira de la Rosa
A Margarita le entraron unas ganas desesperadas de saber contar.Le enseñaban con garbanzos y ella se aplicaba:
- Uno, dos, tres... veinte... treinta...
- ¿Y ahora qué sigue?
- ¿Y así un día y otro?
Cuarenta, cincuenta... y ya contaba de corrido hasta ciento. Estaba feliz.
Un día aparecieron nubes en el cielo. Ella se sentó junto a la ventana de su cuarto sin hablar. A todos les extrañó verla con la vista fija sobre los cristales.
Empezó a llover y ella soltó por el aire sus números, los que había aprendido, como si fuesen globos de colores.
- Uno, dos, tres... Contaba apresuradamente con ansiedad. Apretaba la lluvia y ella casi se ahogaba porque el agua podía más que su ligereza.
- Sesenta... setenta... noventa... cien...
Y soltó a llorar.
- ¿Qué te pasa?
- Se me acabaron los números. Ya no puedo contar más.
- ¿Qué contabas?
-Eso... eso... Yo quiero saber cuántas gotitas tiene la lluvia.
LA BRUJA COCINERA
Autor: C.J.R.
Había una gran cabaña de madera en el bosque donde todo el mundo decía que vivía una bruja muy mala, muy mala. Nunca nadie se había atrevido a entrar. Un día mientras recogía hojas para un trabajo de su escuela, un chico se acercó a la cabaña.La curiosidad le llevó a entrar al jardín, y luego se acercó a una de las ventanas de la cabaña, pero no pudo ver nada. Como quería saber lo que había, pensó que no le pasaría nada, y entró en la casa. Parecía que estaba vacía que no había nadie. Pero al fondo divisó una viejecita que removía la cuchara junto al fuego. Se acercó con mucho cuidado, y la tocó en el hombro. -Buenas tardes, señora. - Hola muchacho - respondió ella. ¿No tienes miedo de mí? La pobre anciana estaba muy arrugada y no tenía dientes. El muchacho dijo: ¡no!
La anciana se puso muy contenta e invitó al muchacho a merendar. Le contó que de joven había sido un hada buena, pero cuando se había hecho mayor todo el mundo creyó que era una bruja, y no podía ir a la ciudad. Ya se había acostumbrado a vivir sola en aquella cabaña, pero siempre le gustaba pensar que algún día alguien entraría a verla. Y así fue.
Como el muchacho fue tan amable con ella, le dijo que le pidiera un deseo, pues se lo concedería. Y el muchacho de buen corazón viendo a la anciana tan contenta por su visita le pidió que su jardín se convirtiera en un parque infantil para niños. Y así fue, todos los niños jugaban allí y la anciana les hacia la merienda, siendo muy feliz, muy feliz al saber que la gente ya no le tenía miedo. Y todo el mundo la llamaba cariñosamente la bruja cocinera.
EL PATITO FEO
Autor: Hans Christian Andersen
En una hermosa mañana de verano, los huevos que habían empollado la mamá Pata, empezaban a romperse, uno a uno. Los patitos fueron saliendo poquito a poco, llenando de felicidad a los papás y a sus amigos. Estaban tan contentos que casi no se dieron cuenta de que un huevo, el más grande de todos, aún permanecía intacto. Todos, incluso los patitos recién nacidos, concentraron su atención en el huevo, a ver cuando se rompería.Al cabo de algunos minutos, el huevo empezó a moverse, y luego se pudo ver el pico, luego el cuerpo, y las patas del sonriente pato. Era el mas grande, y para sorpresa de todos, muy distinto de los demás.. Y cómo era diferente, todos empezaron a llamarle de Patito Feo.
La mamá Pata, avergonzada por haber tenido un patito tan feo, le apartó con el ala mientras daba atención a los otros patitos. El patito feo empezó a darse cuenta de que allí no le querían. Y a medida que crecía, se quedaba aún más feo, y tenía que soportar las burlas de todos. Entonces, en la mañana siguiente, muy temprano, el patito decidió irse de la granja.
Triste y solo, el patito siguió un camino por el bosque hasta llegar a otra granja. Allí, una vieja granjera le recogió, le dio de comer y beber, y el patito creyó que había encontrado a alguien que le quería. Pero, al cabo de algunos días, él se dio cuenta de que la vieja era mala y sólo quería engordarle para transformarlo en un segundo plato. El patito salió corriendo como pudo de allí.
El invierno había llegado. Y con el, el frío, el hambre, y la persecución de los cazadores para el patito feo. Lo pasó muy mal. Pero sobrevivió hasta la llegada de la primavera. Los días pasaron a ser más calurosos y llenos de colores. Y el patito empezó a animarse otra vez.
Un día, al pasar por un estanque, vio las aves más hermosas que jamás había visto. Eran elegantes, delicadas, y se movían como verdaderas bailarinas, por el agua. El patito, aún acomplejado por la figura y la torpeza que tenía, se acercó a una de ellas y le preguntó si podía bañarse también en el estanque.
Y uno de los cisnes le contestó: Pues, ¡claro que sí! Eres uno de los nuestros.
Y le dijo el patito: ¿Cómo que soy uno de los vuestros? Yo soy feo y torpe, todo lo contrario de vosotros.
Y ellos le dijeron: Entonces, mira tu reflejo en el agua del estanque y verás cómo no te engañamos.
El patito se miró y lo que vio le dejó sin habla. ¡Había crecido y se transformado en un precioso cisne! Y en este momento, él supo que jamás había sido feo. Él no era un pato sino un cisne. Y así, el nuevo cisne se unió a los demás y vivió feliz para siempre.
LA OVEJA NEGRA
Autor: Joaquín Piñeros Corpas
La prudencia tiene ojos y lengua, eso nadie puede dudarlo. Lástima que casi siempre ande cabizbaja y bale en chino. Esta pudiera ser la introducción a la historia de la oveja negra, precisamente escogida por el tigre para apoderarse del rebaño. Resulta que como por el colorido oscuro recibía los topones de sus compañeras y la propia madre parecía quererla menos que a las blancas, esta ovejita tonta vivía amargada y resentida. Por eso le quedó sonando lo que le dijo el tigre, deslizado un atardecer hasta el tunal o conjunto de tunos en donde nacía la "mana", de modo que el agua y la fresca sombra formaban un bebedero incomparable.
– Ovejita triste: para soportar golpes y desprecios, mejor estarías en los cerros, sin pastor que te trasquile y sin colegas blancas que te joroben la vida.
– Pero si yo me fugo de aquí, me vas a comer en cualquier matorral.
– Ovejita mal pensada –contestó el felino, haciéndose el disgustado –. Inténtalo y te convencerás de que nunca has tenido mejor amigo, te doy mi palabra. Además, para tu tranquilidad te informo que la carne de cordero se me indigesta: lo mismo debe pasar con la de oveja.
Entonces la ovejita negra pensó que aquella propuesta se la hacía, de la mejor buena fe, un poderoso señor, instalado en espléndida casa, a la entrada del páramo. Y ya sin la menor desconfianza, se escapó del corral de tablas y del potrero cercado con alambre de púas, y se perdió en los charrascales del cerro en donde, en verdad, no escaseaba el pasto.
Las primeras noches tuvo miedo de la soledad y del tigre, pero después de una semana comenzó a gozar de los privilegios de su nueva vida. Saltaba alegre debajo de los tunos, se echaba al sol en los gramales, se quedaba dormida junto a la quebrada, oyendo el rumor del agua, y se paraba a balar en lo más alto del cerro, como proclamándole al mundo su contento.
Una mañana se encontró con el tigre, que la saludó de esta manera:
– Buenos días, doña ovejita distinta. Y te digo así porque* en poco tiempo de buena vida eres realmente otra. Antes impresionabas por lo flaca y desmirriada. Ahora luces gorda, imponente, hermosa. Además de que en el balido se te notan la salud y el buen genio.
– En realidad me siento distinta de lo que era –contestó la oveja.
Y eso, ¿a quién se lo debes?
– A ti, buen amigo.
– Es apenas justo que lo reconozcas –observó el tigre –. Y agregó:
– Valdría la pena que te vieran las otras ovejas: las que se quedaron en el fétido corral.
– Estoy seguro de que se morirían de envidia.
No se necesita mucha malicia para adivinar que esa misma tarde la oveja fue a visitar a sus antiguas compañeras, sin pasar, naturalmente, la cerca de púas.
– ¡Qué llena y fuerte estás! –le dijo la oveja que más la mortificaba con los topones.
– Es increíble tu cambio –le confesó la oveja madre – Me parece que ahora eres la mejor de la familia.
– ¡Qué doncellota estás! –fue el piropo del carnero que nunca antes había puesto en ella los ojos.
– Que te ves muy bien ni lo dudo, observó la oveja de ojos claros que por el exceso de lana era llamada La Mechuda. Ahora, lo importante es saber a qué se debe tan ventajoso cambio.
– A la vida libre del cerro, a la hierba fresca y al agua limpia disfrutada a voluntad, explicó la oveja.
– Y ¿el tigre? –preguntaron con afán más de dos baladoras a la vez.
– Esos temores los han creado los chismes del pastor, para que no nos alejemos del potrero –respondió la aventurera- Puedo jurar que el tigre es un buen amigo nuestro. Si les dijera que justamente es él quien me indica en dónde están los mejores pastos, ustedes no lo creerían.
– La conducta del tigre con nuestra hermana negra me parece bastante sospechosa. Yo no me movería de aquí –afirmó La Mechuda, cuyos reparos pusieron recelosas a muchas ovejas.
Habló así, entonces, La Motosa, la de los rulos en la lana, que por continuo mirar a las lejanías de páramos tenía fama de clarividente:
– No niego que el tigre sea uno de los riesgos de la libertad: pero, ¿qué es preferible: la pradera abierta con tigre o el corral perpetuo?
Después de este concepto, la oveja negra no tuvo necesidad de aclarar que al tigre le hacía daño la carne de cordero, porque dejando a La Mechuda con su desconfianza, el resto del rebaño atropelló la cerca de alambre y se perdió por los cerros en busca de pastos en flor.
No es difícil imaginar que las ovejitas estuvieron muy contentas durante los primeros días de hierba fresca y de libertad; pero no así cuando comenzaron a notar que ciertas madrugadas desaparecían una de ellas y cada vez el tigre se volvía más gordo y dormilón.
CON UNA RANA EN EL BOLSILLO
Autor: Gonzalo Canal Ramírez
Aquel día el alcalde municipal nos visitó en nuestra comarca campesina para inaugurar la nueva escuelita rural de techo pajizo y suelo de tierra apisonada. En su discurso citó esta definición: "El niño es la verdad con la cara sucia, la sabiduría con el pelo desgreñado, la esperanza del futuro con una rana en el bolsillo". Pascualito aprendió la frase y la repitió mentalmente muchas veces. "La cara sucia". El siempre la tenía así. Y eso lo entendía muy bien. "El pelo desgreñado...".
Pascualito se peinaba raras veces y sus mechones revueltos se lo hacían comprender... "Con una rana en el bolsillo...". ¿Dónde estaba la rana? Pascualito nunca había tenido una rana en el bolsillo. Sí, él era la verdad porque tenía la cara sucia... él era la sabiduría porque tenía el pelo desgreñado... pero no era la esperanza porque le faltaba la rana... ¿y la rana?
Terminada la ceremonia de inauguración de la escuelita rural, Pascualito se fue derecho al pantano vecino a su rancho a buscar la rana... Ya allí, con el barro a media pierna, entre croar y croar, empezó su cacería. Unas saltaban antes de estar al alcance de su mano, otras grandes, casi como sapos, le daban miedo...
Aquélla, agarrada a un bejuco, qué linda era. Y, a los últimos rayos del sol, cómo brillaban sus matices de verde, marrón y azul, cuántos tonos tornasolados de nácar y plata, como los del sagrario del templo parroquial, donde Pascualito aspiraba a ser monaguillo, si ganaba una beca para la escuela urbana del cura.
La ranita, Pascualito y el crepúsculo continuaban allí, sin atreverse a echarle mano, no fuera que también saltara como las demás. Pascualito hacía su plan: le hablaría cariñosamente, le pondría el nombre de Juanita, como el de la niña del rancho cercano con la cual jugaba.
Juanita... no te vayas. ¿Por qué no te vienes conmigo? Esta noche hará frío aquí en el pantano y, si llueve, te vas a mojar.
Juanita parecía oírlo, inmóvil en su junco. Cuando Pascualito resolvió atraparla, Juanita fue más rápida, saltó y desapareció.
El sol se había ocultado y la oscuridad se insinuaba ya. Pascual corrió a su rancho, donde nadie había notado su retardo, acostumbrados todos como estaban a las causas de sus demoras: correr tras de algún armadillo, quedarse bajo los chipios en cosecha admirando los colores de los pájaros, irse en busca de moras o piñuelas silvestres, o tenderse boca arriba a contemplar las nubes y adivinar sus figuras.
Al verlo llegar tan de carrera, la madre le preguntó: ¿Qué fiera te persigue?
– Ninguna, mamá. Es que yo soy la verdad con la cara sucia, la sabiduría con el pelo desgreñado. Pero no soy la esperanza, porque no tengo una rana en el bolsillo.
– ¿Qué qué? ¿Qué qué?
– Sí, mamá, nos lo dijo el alcalde esta mañana en la escuela. Y tú me explicarás qué son la verdad, la sabiduría, la esperanza.
– Por la verdad irás mañana, después de la escuela, a preguntar a Agapito. La sabiduría es eso que los sabios saben. La esperanza es eso que sentimos cuando le rezamos a la Virgen pa-ra que llueva, o cuando sembramos, o cuando florece el café, o cuando vamos al pueblo a vender algo, por si nos lo pagan mejor.
– Mamá, y cuando vemos esas nubes tan bonitas allá sobre el cerro y queremos ir a ellas, ¿eso también es la esperanza?
– Sí, y la que tú tienes de llegar a tener una beca en la escuela en el pueblo y ser monaguillo para ayudar a la misa... ¿Se lo dijiste ya a la maestra?
– Sí, mamá, y se lo he dicho muchas veces.
Al otro día, Pascualito, impaciente, apenas terminó la escuela corrió al rancho de Agapito, el viejo patriarca, yerbatero, sanalotodo y oráculo de la región, que vivía entre hierbas, ungüentos y mariposas prendidas con alfileres a las paredes. Decía que con el polvillo de sus alas curaba las penas de amor.
Ante la pregunta de Pascualito "¿qué es la verdad?", Agapito, mesándose la barba blanca, respondió: -Me haces la misma pregunta que alguien le hizo a Cristo. Hay la verdad del alma que enseñan los sacerdotes, la verdad del cuerpo que enseñamos nosotros los médicos; y la verdad de cada uno. Tú, por ejemplo, Pascual, tú también eres la verdad.
– Pero me falta la rana.
– ¿Cuál rana?– Una rana en el bolsillo que tengo que tener y me voy a buscarla.
Juanita estaba en el pantano, en el mismo junco. Pascualito reflexionó: esta vez no me voy por el lado descubierto, porque Juanita se me pierde entre el juncal. Me voy por el lado opuesto y, si Juanita salta, saltará en descubierto y la agarraré.
La táctica fue buena y Pascualito salió del barrial con Juanita en el bolsillo repitiéndose a sí mismo: "Soy la verdad, la sabiduría y la esperanza".
Pocos días después, el párroco vino a bendecir el nuevo local de la escuelita rural y la maestra le habló de Pascualito, de su aspiración a una beca y de su ambición de monaguillo. También de sus méritos de alumno. El cura no tenía becas libres en la escuela parroquial, pero luego de un examen a Pascualito, le dijo:
– No hay vacantes ahora. Pero te voy a abrir un campo en la escuela de la parroquia. Preséntate el próximo domingo. Las monjas te lavarán la cara, te peluquearán, te harán abandonar esa rana del bolsillo. De esa escuela puedes salir para el bachillerato, luego... Pascualito corrió de la entrevista a comunicarle la noticia a su madre, cabizbajo y pensativo.
– ¿Te vas, hijo? Eso es bueno para llegar a ser doctor, cura o general. Debes irte.
-No, mamá. No me voy. Me quedo a tu lado.
EL JAZMÍN DE LA PRINCESA
Autora: Amira de la Rosa
La princesa tenía un jazmín que vivía con su mismo aliento. Se lo había regalado la luna. La princesa tenía ocho o nueve años pero nunca la habían dejado salir sola de palacio. Y tampoco la llevaban donde ella quería.
Un día dijo a su flor: Jazmín, yo quiero ir a jugar con la hija del carbonero sin que lo sepa nadie.
– Ve, niña, si así lo quieres. Yo te guardaré la voz mientras vuelves.
La niña salió dando saltos. El carbonero vivía al principio del bosque.
Pronto la Reina echó de menos a su hija y la llamó: – Margarita, ¿dónde estás?
– Aquí, mamá –dijo el Jazmín imitando la voz de la princesa.
Pasó un rato y la Reina volvió a llamar: – Margarita, ¿dónde estás?
– Aquí, mamá –contestó el Jazmín.
El principito, hermano de Margarita, llegó del jardín. Era mayor que su hermana y ya cuidaba de ella.
– Mamá ¿no está Margarita?
– Sí, hijo.
– ¿Dónde?
La Reina llamó a su hija y el jazmín contestó como siempre.
El príncipe se dirigió al lugar de donde venía la voz pero no vio a nadie.
La Reina repitió la llamada y el jazmín contestó. Pero pudieron comprobar que la niña no estaba, ni allí ni en ninguna parte.
Avisaron al Rey. Vinieron los cortesanos. Llegaron los guardias y los criados. Todo el palacio se puso en movimiento. Había que encontrar a la niña. La gente corría de un lado para otro en medio de la mayor confusión. La Reina lloraba. El Rey se mesaba los cabellos.
La Reina volvió a llamar esperanzada.
– Margarita, ¿dónde estás, hija?
– Aquí, mamá.
Se dieron cuenta de que la voz salía de la flor.
El Rey dijo que echaran el jazmín al fuego porque debía estar embrujado; pero la princesa llegó a tiempo para recogerlo.
Su hermano le dijo autoritario:
– ¡Entrega esa flor!
– ¡No la doy! Es mi jazmincito. Me lo regaló la luna. –Y lo apretó contra el pecho.
– Una flor que habla tiene que estar hechizada –dijo un palaciego.
–No la doy.
El Rey ordenó: – Quitadle la flor a viva fuerza.
Y la niña, rápidamente, se la tragó. El jazmín, no se sabe cómo, se le aposentó en el corazón. Allí lo sentía la niña.
Todos lloraban porque decían que la princesa se había tragado un misterio. Y que vendrían muchos males a ella y al Reino. Pero no. Sólo que, a la Princesa Margarita, se le quedó para toda la vida la voz perfumada.
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