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En la Santafé de antaño se vivía modesta pero confortablemente. Las casas eran de un solo piso, por lo general; todas las piezas estaban esteradas, porque el lujo de la alfombra sólo se conocía en las iglesias, en donde aún se conservan los vestigios descoloridos y de tanto cuerpo, que parecen colchones. Los muebles de las salas no podían ser más modestos: canapés de dos brazos en forma de S, sin resortes y forrados en filipichín de Murcia; mesitas de nogal estilo Luis XV, en donde se ponían floreros de yeso bronceado, con frutas que se copiaban de los colores naturales; estatuas de la misma materia; representación de la Noche y el Día con un candelabro en la mano; cajones de Niño Dios, de Nuestra Señora de los Dolores, o de algún santo, llenos de todas las chicherías y baratijas imaginables |
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2
Los trajes de las señoritas eran de linón, muselina o lanilla medianamente escotados, siguiendo aquel precepto de no tan calvo que se le vean los sesos; por toda joya llevaban un par de aretes, medalloncito pendiente de una cinta en el cuello, en ocasiones pulseras de oro sin pedrería; en la cabeza alguna flor, y, en lugar de guantes, mitones de seda con bordados del lado del dorso de la mano. Las señoras casadas, queremos decir las entradas en edad, iban vestidas con traje oscuro y pañolón de lana prendido en el pecho con grueso broche de oro; la cabeza cubierta con pañuelo de seda, dejando ver sobre las sienes roscas de pelo aprisionadas con peinetas, los dedos empedrados de sortijas, y pendientes en las orejas, gruesos y pesados zarcillos que a veces valían un tesoro y que solo sacaban a luz en los días de pontificar. |
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3
Los jóvenes de antaño vestían levita; por corbata un pañuelo de seda envuelto en el cuello, formando al frente un enorme lazo sin dejar de asomar el de la camisa; no se usaban guantes de cabritilla, sino de seda; pero se consideraba como falta de educación presentar la mano enguantada a una señora. Los taitas y solterones usaban casaca de punta de diamante, prenda de vestido que servía por lo general para tres o cuatro generaciones. Indistintamente llevaban gruesas cadenas de oro o dos pendientes que terminaban en sellos sostenidos el bolsillo del chaleco por un enorme reloj. |
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4
Cuando se invitaba a un baile, siempre se bailaba el vals colombiano y la contradanza española. El colombiano era un vals que se componía de dos partes: la primera, muy acompasada, se bailaba tomándose las parejas las puntas de los dedos y haciendo posturas académicas; la segunda o capuchinaza, convertía a los danzantes en verdaderos energúmenos o poseídos; toda extravagancia o zapateo en ese acto se consideraba como el non plus ultra del buen gusto en el arte del Terpsícore. Lo importante, en aquel entonces, era moverse sin descanso y zapatear una y mil veces, exigiéndole a los músicos no parar en sus ejecuciones sino que se les exigía volver a empezar apenas terminara la anterior pieza. |
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5
En aquellos tiempos de nostalgia, no sólo se rezaban las novenas de Navidad, sino especialmente las novenas de la Concepción y se celebraban bailando en todas partes después de rezarlas, desde la ocho en punto y hasta las once y media de la noche. Se suspendía todo jolgorio y en grupo se iban hasta la iglesia a celebrar la misa de gallo. Aunque no se crea, se rezaba y se cantaba hasta cuando el sol daba en la cara, entonces todos volvían a continuar con el baile. Esa era la época de las empanadas, tamales, ajiacos, buñuelos, encurtidos y demás golosinas suculentas, que deleitaban a ricos y pobres, amén del diluvio de bailes de menor cuantía o parrandas bulliciosas, en que se divertían al son de guitarras los festivos moradores de los entonces tres barrios de la ciudad. |
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6
Fue mucho después que el betún apareció en cajitas redondas difíciles de abrir. Antes el betún se vendía en bolas generalmente envueltas en papel plateado. De ahí la costumbre de llamar "bola-botín" al limpiabotas, nombre que se transformó luego en "embolatín" y finalmente "embolador". Como dato curioso, se agrega que el verbo "embolar" tiene la acepción de enredar, engañar en varios países. Al comenzar el siglo 20, el "embolador" se convirtió en "lustrabotas", pero hoy ellos mismos quieren que se les llame "embellecedor de calzado". Pero en aquellos tiempos simplemente eran "bola-botín". |
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7
En todas las casas había un cuarto que se llamaba de tastajos, en el que se archivaba, entre otras cosas, la ropa usada de los habitantes pasados y presentes; ese era el parque de donde los padres se proveían de los elementos indispensables, no diremos para vestir, sino para envolver la prole. Los trajes viejos de zaraza desteñida y los demás rezagos de la ropa blanca se transformaban en camisas; los calzones de dril de tapabalazo se recortaban a la medida del postulante, y si el crecimiento era precoz, se le añadía lo necesario o se le adjudicaba al hermano menor. El mismo procedimiento se adoptaba para la chaqueta y el chaleco, cuyas botonaduras eran de hueso. Estas prendas del vestido se llevaban a cuerpo limpio, porque los calzoncillos y media eran superfluidades buenas solo para las personas de respeto. |
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8
Los castigos, en aquellos tiempos, lo mismo que en los tiempos del tormento, eran ordinarios o extraordinarios. Los ordinarios consistían en ferulazas, que se recibían en las palmas de las manos, con garbo y como diciendo esto no es conmigo; y en encierro, diurno o nocturno, con cama o sin ella, pero siempre con el capote, que la suplía. Los extraordinariamente extraordinarios se resolvían en el ramal o la expulsión. Una semana entera de pésimas o faltas mayores contra la moral o las buenas costumbres, dentro o fuera del colegio, se castigaban, lo primero, con tres, y lo segundo, con doce azotes. Para que no doliera, el castigado, sin que el castigador se diera cuenta, se frotaba cebo en la palma y cebolla colorada; eso menguaba el dolor que producían los golpes. |
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9
A comienzos y a la mitad del siglo 19, quienes vivían en la capital, especialmente los estudiantes, recibían de sus familiares todo tipo de comidas: de Antioquia venía la algarroba, hedioda como la valeriana, golfio o hígado disecado al sol; de Popayán, monos de pastilla o estoraques, dulces finos y pelotas de caucho; del Valle del Cauca, calillas de tabaco; de Palmira, cajitas de dulce, chocolate y quereme para echarle a la sopa; del Tolima, chocolate, bizcochos de maíz y tasajo de ternera; de la costa, camarones y cocos; de Boyacá, quesos de estera, dátiles de Soatá y bocadillos de Moniquirá, y de Santander, batido, tabacos de Girón, masato de Vélez en perra de cuero, que era una especie de bota española, pero no tan flexible, y paquetes de hormigas fritas. |
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10
El coliseo Santafé fue construido a finales del siglo 18, con dinero de don Tomás Ramírez, por el arquitecto Esquiaqui. El virrey Ezpeleta dio la autorización el 16 de Febrero de 1792 para que se construyera una "casa de comedia", pero cuando la orden se produjo, el arzobispo Martínez Campañón, enemigo de ese tipo de casas, pronosticó a Ramírez a principios de 1793 que "perdería toda su fortuna y que el día de mayor concurrencia se desplomaría el teatro sobre los espectadores, dejándolos a todos sepultados bajo las ruinas. La primera parte de esta profecía se cumplió" y Ramírez terminó en la ruina, más el coliseo no se cayó y las funciones fueron un éxito total. |
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El coliseo Santafé era realmente maravilloso pues tenía tres órdenes de palcos, el primero era para la aristocracia; un poquito más atrás la clase media y bien atrás, el gallinero; la platea no tenía asientos de luneta y el público simplemente llegaba se sentaba y no más y a los costados, contra la pared, había un largo poyo en donde se sentaban las empleadas del servicio doméstico a ver las obras; el telón de boca fue pintado por Eladio Vergara en 1840 y en el techo, en todo el centro, había una gigantesca araña hecha con prismas y alcayatas de hojas de lata; antes de alzar el telón, bajaban la araña y encendían las 180 velas que irían a alumbrar el espectáculo. |
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Era costumbre invariable de los santafereños rezar el rosario entre las seis y las siete de la noche, presidido por el padre o la madre de familia, en los oratorios, donde lucía toda la corte celestial, representada en efigies quiteñas y en cuadros o estampas. El rezo se terminaba con variadas y amenas oraciones, cada una de las cuales era específico para evitar un mal o alcanzar un bien. Si era la madre de familia la que hacía cabeza, solía echar uno que otro solecismo o barbarismo al recitar las antífonas en el latín macarrónico en que las aprendió. De todas formas, rezar el rosario unía a la familia y entre todos lograban alborotar a las ánimas del purgatorio o a Dios en el espacio infinito para que oyera sus peticiones. |
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José María Cordovez Moure en sus Reminiscencias de Santafé y Bogotá dice que por lo regular son de mediada estatura, de pie y manos pequeños, con abundante y rizada cabellera color castaño, ojos vivos y rasgados, de andar garboso, pero sin el movimiento cadencioso que se observa en las mujeres de las tierras calientes, acaso por el hábito que tienen de salir a la calle envueltas en la tradicional mantilla, que las favorece, como la sombra en el cuadro, para hacer resaltar la figura. Al ver un grupo de muchachas reunidas en nuestros salones se creería presenciar alguna fiesta en la alta sociedad de las más cultas ciudades europeas; mas al contemplarlas en las fiestas o paseos parecen avecillas dispuestas a volar con sus trajes de colores. |
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A mediados del siglo 19 cada vez que había fiestas en Bogotá, se jugaba a "la balanza". Consistía en un trozo de madera colocado en posición horizontal, de modo que, al frente de uno de los extremos, se clavaban postes, sobre los cuales se ponían varios objetos que podía tomar el afortunado que llegara a alcanzarlos; gran agilidad y destreza se necesitaba para recorrer la balanza sin caer en medio de general rechifla. También estaba "el cilindro" que era de madera con ejes de hierro, que giraba horizontalmente al menor impulso; quien lo recorriera tenía derecho a los premios situados al frente de tan movediza vereda; pero sucedía con frecuencia que a los primeros pasos se iban a tierra los postulantes, y de allí se levantaban empolvados con la cal que de antemano ponían para recibirlos. |
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El directo antecesor de nuestro actual Teatro Colón fue el Coliseo, construido por los señores José Tomás Ramírez y José Dionisio del Villar en las postrimerías de la Colonia. Uno de los principales compromisos de estos empresarios con las altas autoridades virreinales era el de ofrecer al público "una comedia con sainete y tonadilla todos los jueves y domingos del año exceptuando los de cuaresma". También se comprometían en forma solemne Ramírez y del Villar a aceptar antes del montaje de cada comedia nueva la presencia de un censor designado por el Virrey que examinara la obra a fin de expurgarla de cualquier pasaje que atentara contra la moral católica, las buenas costumbres o el respeto debido a Su Majestad. |
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